¡"LAS CRÓNICAS PERDIDAS", ANTOLOGÍA DE RELATOS AMBIENTADOS EN "EL ESPÍRITU DEL LINCE",
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Prólogo

El humo de las hogueras de Arse se eleva a mis espaldas. Ensordecedor estruendo: acero contra acero, bravura contra dolor, muerte sobre vida. Visión escalofriante: un tapiz de cadáveres sobre el suelo, ladrones de la blanca pureza de las losas. Odioso hedor: a sangre encharcada y a esfínteres vencidos por el miedo.
Pero para mí no existe nada más que aquellos ojos penetrantes, atentos a los míos: la mirada de mi enemigo. Un rival de tal estirpe que engrandece mi hazaña: Aníbal Barca, el Conquistador, Estratega de Cartago. El mayor héroe de su patria; poseedor, dicen algunos, del espíritu flamígero de su dios Baal. Aníbal el León.
Derrotado.
Y ni aún así humilla el rostro. Tiene el torso recto, los hombros elevados y el pecho hinchado. Tal vez haya derrotado el cuerpo, pero su espíritu sigue indomable. Tienes mi respeto, pero no mi compasión, pienso. No puedo mostrarle piedad, no después del angustioso sendero que me ha llevado hasta este momento. Debo apagar su vida para convertir su destino en el mío: ser leyenda.
Iberia derrotará a Cartago. Iberia tendrá un futuro.
Grito mi nombre en honor a la sangre que corre por mis venas, al pueblo que me ha convertido en hombre: Icorbeles, el Edetano, a quien muchos han llamado Hijo de Iberia. Siento que todas las penurias han merecido la pena, que cada sacrificio, incluso aquel por el cual perdí mi corazón, ha servido para llegar a tan grandioso instante.
Alzo el brazo y me preparo para descargar el golpe que cambiará el curso de la Historia.



1


Pero es bueno comenzar una narración por el principio, nunca por el final. El camino que me condujo al momento más trascendental de mi vida comenzó muchos años antes.
Cuando los primeros colonos pusieron sus pies en la península donde se asienta mi hogar se encontraron con una tierra montañosa, poblada de grandes arboledas y ríos caudalosos. Su llegada significó el descubrimiento de ciencias y excelencias que jamás hubiésemos imaginado, a no ser que transcurrieran muchos años. Y, entre tanta sabiduría, otorgaron nuevos nombres a las regiones bañadas por el Mar Interior: Ispania para los fenicios, los mejores comerciantes que habían surcado las aguas; e Iberia para los griegos, forjadores del pensamiento y el arte. Si bien, aunque con el tiempo aceptamos dichas denominaciones, las utilizábamos con escaso apego. Ante todo nos considerábamos edetanos, contestanos, bastetanos...
Mi padre fue Icortas, señor del caserío de Etemiltir, una fortaleza agrícola supeditada a Edeta, la ciudad que daba nombre a nuestra etnia: Edetania, comprendida entre los ríos Sicana, al sur, y Udiva, al norte. Por el oeste nos protegía la cordillera de Idúbeda, y por el este... el mar grandioso, esa frontera que siempre nos había parecido infranqueable. El paisaje era hermoso a su modo: hondos valles y abruptas montañas, escarbadas por manos titánicas e impacientes, caminos de tierra blanca y pedregosa, bosques de verde seco, ríos perezosos en estío, impetuosos durante la temporada de lluvias... Sin embargo, no éramos un país como otros de los que he oído hablar. Aunque nos unía una cultura común, cada ciudad era dueña de su gobierno, así como el de sus asentamientos y poblados cercanos. No obstante, en tiempos de crisis, las urbes podían formar alianzas si la relación era buena.
Nuestro pueblo era el más culto y refinado de toda Iberia, por mucho que los turdetanos se empeñaran en pregonar su linaje tartésico. Las artes que practicábamos eran admiradas por los comerciantes de allende el mar e incluso por otros pueblos íberos. La cerámica de torno de nuestros alfares, en la que plasmábamos nuestras grandes ceremonias, poco tenía que envidiar a la exquisitez de las vasijas púnicas o griegas. Icortas era el hijo del caudillo de Saití. Y Aretaunin, la hacedora de mis días, la primogénita de Irbeles, el rey de Edeta, y hermana de Edecón. Ella tenía catorce años cuando recibió la dote de mi padre: un exquisito surtido de las mejores prendas de lino tejidas en la ciudad contestana, famosa por su producción textil. Unas semanas más tarde, se casaron. Por fortuna, aprendieron a amarse muy pronto.
El regalo del abuelo Irbeles fue una pequeña región al noroeste de Edeta, no muy lejos de la capital; un paraje quebrado por collados, barrancos, cañadas de pinos y arbustos de tono verde oliváceo. Mi padre sacrificó tres ovejas para alentar prosperidad en su nueva vida, una generosa ofrenda que fue enterrada en los cimientos del caserío amurallado que sería nuestra casa. Los campos, de suelo seco aunque fértil para la vid y otros cultivos, estaban situados en terrazas ganadas a los montes. Serían trabajados por las familias que siguieron a mi padre desde Saití en calidad de clientes dependientes.


Mi llegada al mundo se produjo un año después del casamiento, y estuvo rodeada de fenómenos intrigantes y señales prodigiosas. A fuerza de escuchar la narración de boca de mis padres, tengo una imagen nítida de cada detalle que acompañó a mi alumbramiento, a semejanza de alguien que lo hubiese estado observando.
Nací en el crepúsculo de una jornada de cuarto creciente, a la luz de una lámpara de barro, sin dar un solo berrido. Al principio creyeron que estaba muerto, pero cuando me dieron dos azotes balbuceé y abrí los ojos con calma.
—Icorbeles... —suspiró mi madre, agotada por el esfuerzo.
La cuestión de mi nombre ni siquiera había sido discutida. Entre los edetanos y otros pueblos íberos existía la tradición de que los niños heredaran el nombre de sus abuelos maternos. Mi
madre sólo se permitió una pequeña variación en mi caso.
—Así sea —asintió mi progenitor, mientras me alzaba por primera vez con una enorme sonrisa en los labios—. Inundarás de alegría mi corazón, primogénito.
Poco después, Argitiker, el capataz del caserío, entró en la habitación con los ojos desencajados y el rostro lleno de asombro.
—Mi señor Icortas, debéis asomaros a la ventana.
Mi padre torció el gesto con cierto malhumor.
—¿Qué es tan importante como para que tenga que inte-
rrumpir este momento de felicidad, Argitiker?
—El cielo... ¡Algo le está sucediendo!
Desconcertado, mi padre se acercó a la ventana, abrió los postigos y miró hacia arriba, a un firmamento al que poco le faltaba para quedar completamente velado por la noche. Se frotó los ojos ante la inconcebible visión: una tras otra, pequeñas estrellas caían del cielo, rasgando el velo oscuro en una lluvia titilante que se perdía más allá de la vista. Parecían gotas de luz que, fugaces, desaparecían por detrás de las montañas. Los hombres y mujeres del caserío observaban desde la plazoleta. Algunas madres sujetaban a sus hijos, atemorizadas por el fenómeno. Todos se preguntaban si aquello era un buen augurio o la más terrible de las maldiciones.
—Acercadme a la ventana —pidió mi madre.
Con la ayuda de Argitiker, arrastraron la cama hasta la abertura. Los ojos de mi madre brillaron de emoción al contemplar el hermoso prodigio. Lo supo desde el primer momento. Era una señal que marcaba mi grandeza. Me levantó un poco para que yo pudiera observar el fenómeno.
—¿Lo ves, Icorbeles? Esa lluvia tan bonita es por ti, mi pequeño. Serás alguien grande, alguien importante.
Mi padre asintió con la cabeza, dando por buena tal intuición. Las palabras de una mujer siempre son respetadas. Los íberos tenemos en gran consideración a la figura femenina por su condición de creadora de vida. ¿Es que existe algo más grande que parir a un hijo?


La lluvia de estrellas se prolongó durante casi una hora. Pero las sorpresas apenas habían empezado. Urcetices, el encargado de la guardia, nos anunció que un grupo de viajeros solicitaba audiencia con mi padre en el portón del caserío.
—Son cuatro hombres armados y una mujer con los hábitos de sacerdotisa.
Puedo imaginar la expresión de asombro de mi padre, tal vez más profunda que la que le había provocado el portento celeste. La presencia de una sacerdotisa en un paraje tan escondido rivalizaba con cualquier acontecimiento. Nuestras mujeres sagradas son personalidades tan insignes que rara vez se apartan de sus santuarios.
Llegados a este punto, quizás sea apropiado un apunte sobre nuestra religión, pues entiendo que estas memorias serán leídas cuando el recuerdo de mi pueblo se haya desvanecido. Los íberos no creemos en decenas de dioses como los griegos y los romanos. Para nosotros, la divinidad está presente en el mundo que nos rodea: bestias, árboles, montañas, ríos, el Sol, la Luna... La vida, en toda su extensión. La Gran Madre. La Madre Tierra. Nuestras deidades, si se las puede llamar así, son el toro, por su vitalidad; el lince, enlace con los espíritus de los Antepasados; el caballo, símbolo de la nobleza; y el lobo, que personifica nuestro carácter indomable. Las fuerzas de la naturaleza y los espíritus de nuestros ancestros nos apoyan o nos rechazan, nos alientan o nos ponen trabas, nos marcan el camino a seguir. Sin embargo, aceptamos que son nuestros pies los que deben dar los pasos. Nuestros actos nos definen.
Las sacerdotisas nos representan ante dichas presencias. Siempre son mujeres, pues su enlace con la vida es más firme. Se requiere también sabiduría y una completa entrega al ejercicio de sus funciones. Estas siervas devotas renuncian incluso a su propio nombre: se convierten en madre, esposa, hermana e hija de todo aquel que es leal a las creencias íberas. Sus ropajes son adecuados a tal distinción: visten una túnica azul de exquisito lino y una mantilla carmesí sobre el pecho; por encima suelen portar un grueso manto marrón, como protección ante las inclemencias del tiempo; sus adornos son muy llamativos, pues además de las joyas en forma de collares lucen dos grandes rodelas laterales sobre el tocado de la cabeza, sujetas a una tira afianzada a la frente gracias a unas finas cadenas.
Mi padre recibió a la sacerdotisa con grandes honores, como correspondía. La mujer, que parecía más anciana que las montañas, venía de la ciudad sureña de Ilici, en pleno territorio contestano, a muchos días de marcha. Aunque estaba agotada por el viaje, no aceptó la hospitalidad de mi padre sin antes nombrar el motivo de su presencia en Etemiltir.
—Hace varias semanas tuve una visión en la que se me anunciaba el nacimiento de un elegido de los Antepasados —explicó, mientras los sirvientes de mi padre le ofrecían un caldo caliente—. Los espíritus me dijeron que debía partir al norte de inmediato, y sólo detenerme cuando la señal se manifestara.
—La lluvia de estrellas... —apuntó mi padre, con tono solemne.
—Así es. ¿Es aquí donde encontraré a quien busco? —preguntó la mujer.
Icortas no habría dudado al responder, pues para los íberos resulta impensable mentir a una sacerdotisa. Pero antes de que sus labios hablaran de nuevo, se alzó un berrido desde los aposentos de mi madre. Yo mismo me anuncié.
Condujo a la mujer hasta la habitación, donde mi madre me amamantaba por primera vez. Aretaunin la miró con gran respeto, pero la sacerdotisa apenas reparó en ella. Su destino no era atender a la joven madre, sino al hijo. Sin pedir permiso —su posición social se lo permitía—, me tomó en brazos y me examinó con gestos inquisitivos. Supongo que buscaba alguna señal que me identificara como el protagonista de su visión. No me observaba como a un niño recién nacido, sino como el motivo del trabajo más importante que jamás afrontaría. Me inspeccionó concienzudamente, pero no halló en mí más que piel blanca.
—Hay que someterlo a una prueba —dijo, tras meditar un momento.
Mi padre, que jamás habría osado contradecirla en circunstancias normales, no pudo evitar replicar.
—¿Qué tipo de prueba?
—De reconocimiento —respondió—. No hay señales que me indiquen que éste es el niño que busco.
—¿Acaso no basta con la lluvia de estrellas? —arrugó la nariz.
—No. El fenómeno celeste abarca una gran región del firmamento. Podría deberse al nacimiento de cualquier otro niño. Si me detuve aquí fue porque era el lugar habitado más cercano cuando comenzó. Así pues, el niño debe pasar por la prueba. Me lo entregarás para que lo deje en el bosque, donde permanecerá hasta que amanezca. —Mi madre lanzó un gemido—. Si sobrevive al frío de la noche y a los animales, será la señal de su grandeza.
Icortas se frotó el rostro con la esperanza de que todo fuera un mal sueño. Pero al apartar las manos nada había cambiado.
—Se trata de una injusticia —replicó, tratando de sonar respetuoso a pesar de su creciente enojo—. Si el niño no resultara ser ese elegido, nos habrás arrebatado a nuestro hijo.
—¿Acaso contradices la voz de los Antepasados? —A pesar de que mi padre había mostrado sin reparos su disconformidad, la mujer no parecía enfadada... todavía—. Tu esposa es joven, puede darte otros retoños. Sea como sea, es mi dictamen, y no puedes oponerte a él sin sumirte en el total desprestigio.
Desesperado, buscó con la mirada a mi madre. Ella nunca olvidaría lo que vio en sus ojos: un amor absoluto. Una palabra suya habría bastado para que se enfrentara a la sacerdotisa, un delito que habría supuesto su inapelable ejecución. Aretaunin solía decir que aquél fue el día en que se enamoró de su esposo. Si aceptó entregarme a la sacerdotisa fue sólo para que él no cayera en desgracia.
La mujer me tomó sin atender al angustioso llanto de mi madre y me llevó con ella. Los habitantes del caserío la vieron salir por el portón y adentrarse en el bosquecillo cercano. Volvió poco después, sola. Mi padre tuvo que tragarse la rabia. Si no hubiera sido por las leyes, estoy seguro de que la habría arrojado por encima de los murallones y habría marchado a buscarme. Pero aquella era una prueba tanto para mí como para él.
Fue una noche muy larga. Los escoltas de la sacerdotisa se turnaron para vigilar el portón en previsión de que alguien pretendiera salir a recogerme. Con las primeras luces, mi padre fue el primero en salir del caserío. Siempre lo he visto como un hombre dueño de sus actos e impulsos, pero aquel día estaba tan exaltado que se lanzó a la carrera, cruzando la maleza sin saber siquiera hacia dónde dirigirse. No tuvo más remedio que esperar a la sibila y seguir su paso cansino, que no hizo más que aumentar su crispación.
Al fin llegaron a un pequeño claro. Allí, iluminado por un mañanero haz de luz, estaba yo, sobre el mismo tocón en el que me había dejado la mujer. Supieron de inmediato que estaba vivo porque movía los bracitos y las piernas. Pero lo más sorprendente fue que, junto al muñón, había un magnífico lince de pelaje leonado. Estaba recostado en el suelo, en actitud calmada pero vigilante, atento a la diminuta criatura rosada. Cuando advirtió a mi padre y a la sacerdotisa no reaccionó con agresividad; se levantó, se desperezó y luego se acercó a mí. Mi padre estuvo a punto de lanzarse contra el felino, pero la sacerdotisa lo retuvo del brazo el tiempo suficiente para que ambos comprobaran las intenciones del lince. La bestia me lamió como lo haría con una de sus crías. Luego alzó la mirada hacia Icortas un momento antes de saltar hacia los matorrales y perderse.
A partir de ese día, mi familia adoptó el emblema del lince: mi protector.
La sacerdotisa volvió a examinarme, pero esta vez concluyó la tarea con una sonrisa que cuarteó aún más su rostro.
—Ha superado la prueba —afirmó—. La Madre Tierra lo ha ungido con su bendición. Lo ha nombrado Elegido y los Antepasados han dado su aprobación. Toma a tu vástago, Icortas. Y edúcalo bien, porque es tu responsabilidad convertirlo en aquello para lo que ha sido marcado. Será un gran hombre, los frutos de su trabajo permanecerán grabados en la memoria del mundo durante eras. Poco más puedo decir, pues sólo el tiempo alumbrará la meta de su camino. Mi tarea era anunciarlo, y así lo he hecho.
Tal como llegó, así se fue. Nunca más volvimos a verla, pero su fugaz paso por mi vida me dejó dos certezas: un destino grandioso y una carga insoportable.


PRÓXIMOS EVENTOS DEL AUTOR

26 de mayo de 2012 12 horas Sesión de firmas en Feria del Libro Madrid (caseta 210, Ediciones Pàmies)

26 de mayo de 2012 18 horas Sesión de firmas en Feria del Libro Madrid (caseta 29, UDL)